De frentes en alto, radios comunitarias y miles de manos colaborando

Por: Carlos Baca Feldman

Ella estaba afuera de la casa con un abuelo y tres niñas, e hizo la señal para que paráramos la camioneta, pues en unos metros más adelante había maquinaria pesada demoliendo una vivienda. Las despensas venían en la batea, y llegamos a esta calle de terracería para poder librar el tráfico en el centro de la comunidad. Ella y el abuelo se acercaron, platicaron con nosotros, sonrieron y comentaron lo extraño que era ver a tanta gente en su comunidad. No nos dimos cuenta, hasta minutos después, que la casa que estaban demoliendo era la de ellos. Los muebles, apilados bajo una lona, era el único patrimonio que habían podido rescatar. Pronto los sentimientos afloraron en nuestros cuerpos y ofrecimos darles directo una despensa, unos pocos insumos para los tiempos que venían. Sin embargo, el temple de ellos superó por mucho nuestro asombro e incapacidad de acción que sentimos en ese momento. Eran 15 años de esfuerzo por construir un hogar, nos comentaron, a lo que ella agregó que aún tendrían otros 15 más para volverlo a construir.

Decidimos ya no ir al centro de acopio sino tratar de tener un contacto directo con esas familias que esperaban en la calle la demolición de su casa. Los niños jugaban en las calles con los colchones, saludaban a todos los jóvenes y adultos que veían como extraños. Algunas personas pedían despensas, otras más simplemente contemplaban a la nada tratando de entender lo que les había sucedido; unos más buscaban rescatar lo que aún estaba adentro. Un taco y una torta acompañaban a rostros melancólicos, pero con frentes en alto y la seguridad de que saldrían delante de ésta. Eso fue lo que vimos ya al final de nuestro recorrido por Morelos, en La Nopalera, una comunidad muy cerca de Ticumán.

Esto que relato sucedió por la tarde del jueves 21 de septiembre. Por la mañana, un grupo de amigos nos decidimos ir directo a las comunidades más afectadas. Contábamos con el medio de transporte, las energías y los recursos para la compra de víveres. Llegamos directo a Tsilinkalli Radio en Xoxocotla, Morelos. La intuición no nos falló: las radios comunitarias que toman como pretexto el uso de medios de comunicación para fortalecer procesos sociales, en efecto, se tornan en centros de encuentro y diálogo que rebasan al medio en sí mismo. Como nosotros, vimos muchos jóvenes voluntarios que apoyaban en la catalogación y distribución de los víveres; los vimos también organizándose para hacer un censo de las viviendas y personas afectadas en dicha comunidad, y así canalizar la ayuda de manera más pertinente. Uno de los edificios del centro comunitario, que entre otros proyectos alberga a la emisora, vimos que está también por derrumbarse, pero lo importante para ellos era poner las manos para apoyar a los que más lo necesitan en ese momento; lo suyo podía esperar.

Las radios comunitarias, y otras formas de comunicación mediada por la tecnología, tienen su sustento en la relación que van tejiendo con la comunidad a la que pertenecen. Ello genera una serie de procesos que, a partir de las reflexiones sobre los temas y mensajes que desarrollan en conjunto con la población, van poco a poco detonando transformaciones que apuntan a dar solución a los problemas que enfrentan con base en su propia búsqueda de autonomía en la toma de decisiones. Por ello, en Tsilinkalli Radio han logrado congregar a muchos jóvenes y niños que participan de la emisora, pero también de muchos proyectos culturales que buscan reforzar la lengua propia y generar vínculos comunitarios. Ello se dejó ver claramente al convertirse este espacio en un punto de encuentro para dar pie a las acciones de emergencia y reconstrucción después del sismo.

Tsilinkalli Radio no es el único ejemplo que ha funcionado como articulador de esfuerzos en situaciones de desastres naturales. Algunas radios comunitarias han surgido a partir de la falta de información que brindan los medios de comunicación masiva en este tipo de eventos. Por mencionar un caso, La Voladora Radio, en Amecameca, Estado de México, surgió por la emergencia en torno a la actividad del volcán Popocatépetl a finales de los noventas. En estos momentos, Radio Totopo, en Juchitán, Oaxaca, se consolida como una de las organizaciones clave para hacer llegar la ayuda y organizar las labores de reconstrucción en el Istmo.

En general, podemos decir que las radios comunitarias son indispensables en este tipo de situaciones por lo menos en dos sentidos. Por un lado, y considero el más importante, a través de su quehacer cotidiano se vuelven espacios de reforzamiento de relaciones sociales y detonación de proyectos en favor de la comunidad, lo que permite que la ayuda pueda llegar a las personas más necesitadas y de manera directa. Por el otro, difunden información relevante para la gente de la comunidad haciendo posible la atención a la emergencia. Así, logran hacer frente a una comunicación mediada por intereses económicos y políticos, muy lejana a las comunidades y que se centra en las grandes ciudades.

Retomando el relato, una vez que aclaramos que nuestra función era repartir los víveres a quienes no estaban recibiendo todavía ayuda, en la camioneta pasamos por varias poblaciones como Zacatepec, Jojutla y Ticumán. Los daños son de inmediato visibles y duros, eso sin contar aquellas estructuras dañadas en el interior e invisibles desde afuera. Los traslados son largos, y el tráfico desborda las avenidas y carreteras por la cantidad de gente que está apoyando. Incluso un trayecto que toma normalmente cinco minutos se ha convertido en uno de más de una hora. Sin embargo, entre nosotros y los que ayudan, no se escucha ni un solo claxon ni hay gritos de un atasque de autos, como ocurre normalmente en días laborales. Todos saben que el fin es brindar el apoyo que está en nuestras manos, de tal manera que el estrés de la vida cotidiana ha sido trastocado por un fuerte sentimiento de solidaridad. Por ello, todos coincidíamos en sentimientos encontrados. Por un lado, estar cerca de aquellos que perdieron su patrimonio y su vida ha dado un giro de 180 grados; por el otro, ver la capacidad de sabernos juntos todos, cuando menos en un momento coyuntural como el que nos ha tocado vivir, sin duda nos lleva a pensar que la unión hace la fuerza.

No estamos cerca de superar la emergencia: se necesita todavía mucha colaboración. Los víveres entregados solucionarán necesidades por algunos días, pero el proceso de reconstrucción es todavía largo. Algunos, sobre todo en las comunidades, tendrán que vender sus insumos de autosuficiencia (como animales y cosechas) para poder establecer un lugar donde vivir, cuando menos temporalmente. Otros más tendrán que destinar su tiempo de trabajo para reconstruir los edificios y casas derrumbadas en su comunidad. La ayuda no va a sobrar, que una familia ya tenga algunos alimentos y cosas para vivir unos días no elimina el problema. Necesitamos pensar en estrategias de mediano y largo plazo.

Hoy son cientos de comunidades afectadas en cuatro estados del país. No olvidemos que sucedieron dos sismos con muy poco tiempo de diferencia y los pueblos en Chiapas y Oaxaca no han logrado superar la emergencia. Todavía mucha gente duerme fuera de sus casas por miedo a que se caiga la estructura que a duras penas sigue en pie y las réplicas no han dejado de suceder. Lo mismo sucederá cuando nuestra memoria inmediata y las labores cotidianas nos hagan quitar el centro de la mirada en el temblor que afectó sobre todo a Puebla, Morelos y la Ciudad de México. ¡No dejemos que eso suceda! Tenemos que seguir con este ímpetu y desarrollar acciones y proyectos concretos, retomando las formas de construir propias de las comunidades, rescatando las tecnologías ecológicas y sustentables, hay una oportunidad de rehacer las cosas de la mejor manera posible, no repitiendo errores del pasado.

No sólo se trata de (re)construir lo material, nuestros corazones también necesitan hacerlo. La clave está en que hemos demostrado que no somos sólo capital, mercancías y ciudadanos manipulados. El gobierno tampoco nos representa, lo superamos cotidianamente y en estos procesos se vuelve más notorio. Las empresas no van a dejar de ver ganancias en todo momento. Los medios de comunicación masiva son industrias a las que el raiting los lleva a aprovechar y generar información que desvía la atención de lo importante. Los jóvenes no son esa especie de zombies que sólo se interesan por el mundo virtual y la realidad les para enfrente sin generarles ningún sentimiento. Somos más, somos comunidad, nos preocupamos por los otros sin importar si los hemos visto alguna vez en la vida o no, si algún día regresaremos a esa comunidad en la que pasamos un día compartiendo tristezas, pero también la alegría de encontrarnos.

No dejemos de vernos a nosotros mismos y compartir lo que sentimos, es la única manera de aliviar poco a poco nuestros corazones. Tampoco dejemos que esto sea un momento pasajero, sigamos demostrando que, como se veía ayer en Morelos, y seguramente sucede en Puebla, Ciudad de México, Oaxaca y Chiapas, las divisiones de clase se suspendieron en una suerte de diálogo horizontal que trataba de contener nuestras jerarquías ante los demás. Reforcemos también los procesos de comunicación propia en las comunidades, son indispensables para hacer frente a la emergencia y en la generación de procesos de cambio social que van más allá de la situación que estamos viviendo. ¡Sigamos, comprometámonos a transformar la realidad que hoy enfrentamos!

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