Äp xëëw. Día de muertos. Sentir, vivir y convivir con nuestros difuntos. Un reencuentro con nuestros antepasados

Texto: Estela Vásquez Martínez – Egresada de comunicación comunal de la Universidad Comunal Intercultural del Cempoaltépetl (UNICEM)

La idea de este escrito me permite expresar la vivencia de día de muertos dentro del territorio ayuujk, en específico en la comunidad de Tlahuitoltepec. Quise compartir esta crónica narrada desde mi vivencia y relación con las personas, porque día de muertos es una tradición milenaria que vienen sintiendo y viviendo nuestros antepasados. Se rinde culto a nuestros muertos y, por lo tanto, debemos conservarlo seguir practicándolo dentro de nuestras comunidades. Por ser uno de mis días preferidos, se los regalo escribiendo y expresando mi sentir.

Con una sensación de alegría empezábamos a escuchar “Äpe, äpee, äpee” haciendo como un llamado a nuestros difuntos. Así, algunas voces de personas entre ellos la niñez empezaba a escucharse.

Entre nuestras montañas, el campo se había colorido de amarillo, bellas flores de Cempaxúchitl adornaban nuestro territorio. Antes de que iniciara la novena, la autoridad municipal había limpiado el camposanto, para que los familiares de los difuntos pudieran ir a visitarlo. En las plazas y en las tiendas, se empezaban a vender las ricas limas, naranjas, mandarinas guayabas y entre ellos, las flores de Cempaxúchitl.

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Foto: Estela Vásquez y Soraya López

Era una mañana fría, había llegado el día que tanto había esperado, por fin era 2 de noviembre, día de muertos, era simbólico para mí, apenas había terminado de preparar los ricos tamalitos de pescado para ponerlos en la ofrenda. Nuestro altar había quedado tan bonito, habíamos escogido el espacio perfecto, pasaban dos arcos de carrizo. Mis sobrinas habían ido a comprar ricos dulces para la ofrenda y claro, no iba a faltar el tepache y el mezcal como símbolo de respeto a nuestros antepasados. Me preparaba para recibir el alma de los muertos.

En la ofrenda permanecía un rico aroma a flores de Cempaxúchitl que habíamos ido a recolectar antes de elaborar el altar, un admirable color amarillento se asomaba. Ya habíamos colocado ricos elotes, pan de muerto, tortilla embarrada con chile acompañada de carne de pescado, rica calabaza, chayotes, cacahuates, naranjas, plátanos, mandarinas y ricas limas, unos dulces en medio del altar, bellas calaveritas de barro adornaban como candeleros.

Sentía una sensación de alegría, ya que día de muertos era uno de mis días preferidos y al parecer era el día preferido de muchos de nosotros, donde volvían los antepasados a convivir con nosotros y, posteriormente, llevar las ofrendas. Según la creencia prehispánica, esperaba llegar la noche para ir a recorrer los altares con mis familiares. Con un ramo de flores de Cempaxúchitl silvestres que había cortado en el campo de maizal y una veladora me preparaba para ir al panteón. Al llegar, un sentido de nostalgia me hacía recordar a mi padre, fallecido hace varios años.

Mientras iba caminando por el camino, muy pensativa, me acordaba de lo que me había dicho mi abuela: “al llegar día de muertos, si encuentran algún insecto o animal o bien que llegue a nuestra casa, no deben matarlos, ya que dentro de ellos están nuestros muertos. Son el vínculo y los mensajeros nos visitan a través del retorno en los animales”. Esa creencia y vivencia que nos vienen contando y narrando nuestros abuelos y abuelas, me hacía pensar y repensar. Cuentan que a través de ellos las ánimas envían mensajes al mundo de los vivos, están presentes en ellos, por esa razón no debemos matarlos, así que con mucho cuidado seguí mi caminar hasta llegar al panteón. Otra de las creencias que me compartía mi abuela cuando llegaba día de muertos, era que no debíamos pelear entre familiares, ya que cuando vinieran nuestros difuntos necesitaban paz y tranquilidad y así podríamos convivir en felicidad.

Antes de llegar al panteón, en las afueras vendían mezcal ayuujk que venía de la agencia de Nejapa. Como es costumbre y tradición en esta comunidad, cada 1° de noviembre cambian y fungen como autoridades municipales mayores y topiles, los que funcionan como policías comunitarias, los encargados de cuidar y tomar orden en el pueblo.

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Foto: Estela Vásquez y Soraya López

En la entrada del panteón comunitario se habían instalado las autoridades del Comisariado de Bienes Comunales, para recibir la contribución del pago predial a las comuneras y comuneros; esta obligación que se adquiere al cumplir los 18 años está establecido dentro del Estatuto Comunal de Tlahuitoltepec. Afuera estaban los topiles nuevos, luciendo sus hermosos trajes típicos y sus bastones blancos, sosteniéndolos con gran fuerza. Habían hecho dos filas, veían a quién dejar entrar y para los que todavía no habían pagado, tenían que aportar para poder entrar. Con una sensación de miedo, que no me dejaran pasar, tragué saliva esperando que me dejaran pasar, pues todavía era estudiante. Llevaba sosteniendo una cámara y grabadora, me preparé para entrar, entre las personas me metía para que no me dijeran nada, y pasé.

Al llegar al panteón, por la multiplicidad de altares, me paraba a buscar el nombre de mi padre y mis familiares quienes que ya habían fallecido. No lo encontraba tan fácil debido a que los nombres ya estaban tapados de flores de Cempaxúchitl, además de que había mucha gente, apenas podía meterme entre ellos. Al encontrar el nombre, allí estaba mi familia esperando. Yo observaba el altar que habían hecho en la tumba de mi padre, muy bonito, adornada con flores silvestres, galletas napolitanas, lo que le gustaba mucho a mi padre, cervezas, naranjas y limas. Sin pensar una gota de lágrima calló al suelo, no podía resistirme, recordaba a mi padre con quien había vivido tiempos dentro del territorio ayuujk.

Durante la misa se escuchaba el rezo de los familiares, a la mitad de la misa los músicos empezaron a tocar la pieza que suele tocarse en día de muertos, los capillos cantaban en coro “¡salgan, salgan y salgan!”, de ahí un murmullo se empezaba a escuchar. Todos los niños y niñas ayuujk, con bolsas y morrales empezaron a bajar las ofrendas, buscando por cada altar, de preferencia el rico pan de muertos, dulces y paletas. Había una variedad de ofrendas, entre ellos se podía notar el pan de muertos, las ricas y jugosas naranjas, limas, galletas y los cacahuates. El perfumante aroma de la guayaba y el dulce sabor de los nísperos me atraía por ser una de mis favoritas. Entre ellos tomaba algunas frutas para comérmelo.

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Foto: Luis Balbuena

Entre el sentir refrescante del viento, las ramas y flores de Cempaxúchitl se movían lentamente, aromatizando el panteón con un fresco aroma que me hacía llenar de felicidad. Un reluciente color amarillento se entreveía entre los arcos y las ofrendas a nuestros muertos. El rico aroma de las flores amarillentas y el exquisito pan de muertos exclamaban llamando a nuestros antepasados, que hasta me hacía recordar a mis familiares quienes ya se habían ido. Un viento leve me hacía escuchar como si llegaran a mí entre ellos.

Al terminar la misa, rezamos y en dos direcciones se escuchaba tocar la banda filarmónica municipal. Recuerdo esa pieza, es muy simbólica para mí. En esos instantes por mi mente pensaba, ¿qué era la muerte para mí? ¿Si muero podría algún día volver a retornar entre los animales y en las plantas? Eran preguntas que me hacía mientras lloraba a escondidas tratando de esconder mi tristeza, pero a la vez era una alegría saber que era uno de los días más preferidos, porque era ahí donde nuestros muertos venían a visitarnos.

Saliendo de la misa nos dirigimos a la iglesia a terminar con el rezo, todavía en la plaza se veían frutas y pan de muerto que vendían las personas, saliendo de ahí nos dirigimos a la casa, comimos ricos tamales, entre las visitas de los familiares y compadres repartíamos algunos tamalitos y el tepache.

Al llegar la tarde, con un frío penetrante y una pequeña llovizna, observaba cómo los niños y niñas, jóvenes y ancianos empezaron a gritar “äpe, äpee, äpeee”, así fue como dio inicio el recorrido de los altares en el centro de la comunidad.

Se empezaba a escuchar en el altavoz la llamada de la autoridad municipal para la bajada de los altares, invitando a niños y niñas. Al iniciar esta gran celebración, pasaron en municipio, Comisariado de Bienes Comunales, la mayordomía y la panadería, por todos lados se empezaba a escuchar el “apë, apëë, apëë”, niños y niñas con las caritas felices y emocionados, que contagiaban energía, corriendo con sus morralitos, bolsas y mochilas esperando llenarlos si es posible. La banda filarmónica tocaba y las personas bailaban, porque para nosotros es alegría y felicidad este día. De ahí terminó y se empezaron a dispersar, cada quien tomaba camino a su casa.

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Foto: Luis Balbuena

Posteriormente, en cada barrio se reunían platicando en colectivo, así poco a poco se juntaban para comenzar el recorrido. Yo corría buscando bolsas y morrales, pero no encontraba, así que entre hermanas nos ayudábamos a juntarlos. Muy feliz estaba para reunirme con la gente e iniciar el recorrido, con el frío y el sentir del viento, percibía la venida de los fieles difuntos.

Cuando llegó la noche, mientras dormíamos de repente en las afueras de mi casa se empezaban a escuchar voces gritando “äpe, äpëe, äpëe”, tocando y llamando puerta por puerta para ver y preguntar si compartíamos nuestro altar.

Yo observaba a través de la ventana, veía ver llegar a las personas, gritaban, llegaban y decían “¿xäp ëëts ja n´äp?” “¿Están nuestros abuelos y abuelas? ¿Podemos bajar el altar?” Con mucho fervor lo dejamos pasar. La mayoría compartía su altar, los que no, iban a recorridos intercambiaban entre familia. Primero rezaban, cantaban y bajaban la ofrenda, al terminar de bajar las ofrendas, entre vientos de alegría y con la bolista llena, me reuní con ellos para continuar con el recorrido.

Durante el recorrido de los altares, en nuestro caminar me penetraba el sueño, caminábamos por veredas, llevando bolsas y mochilas pesadas. Algunos borrachos se caían en algunos caminos, tirando sus limas que apenas podían recoger. Nuestros mayores de edad ponían a dos personas para que repartieran las ofrendas. Los niños de preferencia pedían dulces, rico, pan y galletas, mientras que los mayores de edad les ofrecían como respeto el tepache y mezcal. Ya era tempranito, ya tenía sueño, en la última familia que visitamos pude llenar mi mochila. Nos despedimos entre todos y me fui muy contenta a mi casa, con mis familiares y sobrinas y al día siguiente muy felices comimos y compartimos la ofrenda que nos habían dado.

Äp xëëw una tradición prehispánica donde se rinde culto a nuestros muertos y que no se olvida en el territorio ayuujk.

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Foto: Luis Balbuena

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