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Cuando los territorios se encuentran: aprendizajes, saberes y caminos compartidos en el 4.º Encuentro del CITSAC

Por: Brenda Bojórquez1

Imágenes: Daniela Bello y Abraham Briones (CITSAC).

Más que una reunión de proyectos, el 4.º Encuentro de Intercambio de Experiencias en Investigación Aplicada del Centro de Investigación en Tecnologías y Saberes Comunitarios (CITSAC) fue un espacio para reconocernos en nuestras diferencias y descubrir aquello que compartimos: el cuidado de la vida, la defensa de los territorios, la autonomía y la búsqueda colectiva de otros caminos posibles.

Del 14 al 17 de julio de 2026, los colectivos que forman parte de esta cuarta edición del Programa en Investigación Aplicada que impulsamos desde el CITSAC, llegaron a Zautla, Puebla, para encontrarse, escucharse y aprender unos de otros. Llegaron con proyectos y problemáticas distintas, así como maneras particulares de entender y habitar sus territorios, pero muy pronto quedó claro que había algo que los conectaba: una manera de mirar el mundo.

Durante cuatro días nos reunimos en el Centro Educativo para el Desarrollo Rural (CESDER) colectivos, organizaciones y acompañantes provenientes de distintos territorios de México: Oaxaca, Chiapas, Hidalgo, Tlaxcala, Querétaro, Puebla, Estado de México, Guerrero, Chihuahua, Sonora y Quintana Roo. Durante el primer ejercicio que hicimos para conocernos y romper el hielo, cada persona colocó una fotografía de su territorio sobre un mapa colectivo. Poco a poco, ese mapa fue dejando de ser solamente una representación geográfica para convertirse en una imagen de la diversidad de historias, luchas y esperanzas que convergían en un mismo espacio.

Las expectativas de las personas participantes respecto al encuentro también fueron reveladoras: compartir metodologías, aprender de otros procesos, construir alianzas que fueran más allá del encuentro, llevar experiencias a sus propios territorios y fortalecer los procesos de investigación aplicada.

“Compartir experiencias, lo que nos mueve, lo que nos conmueve, lo que amamos, estamos en la misma sintonía, cuerpos y corazones juntos, reunidos.” Red Sostenible de Chiapas

Durante el evento, encontrarse fue descubrir que detrás de proyectos aparentemente diferentes existen preguntas que se parecen, preocupaciones que se cruzan y deseos que pueden caminar juntos. A lo largo del encuentro se compartieron experiencias vinculadas con la conservación ambiental, la restauración de suelos, el astroturismo comunitario, la producción agroecológica, la apicultura, la defensa del territorio, los derechos agrarios de las mujeres, la gestión comunitaria del riesgo, la comunicación y el fortalecimiento de los saberes comunitarios. Cada uno de los colectivos presentó los avances de sus proyectos, lo cual no representó únicamente una exposición de resultados parciales, sino que fueron ventanas hacia otros territorios y una mirada a los aprendizajes que se han ido reuniendo.

Les contamos un poco de lo compartido:

Caminar la montaña es también una forma de conocerla, cuidarla y mantener vivos los saberes que la sostienen.

El Colectivo de Saneamiento y Restauración de la Malinche, de San Pedro Tlalcuapan, emprendió un proceso para conocer, cuidar y monitorear el Bosque de la Matlalcueyetl. A través de recorridos comunitarios identificaron zonas de riesgo de incendios, áreas para reforestación, árboles afectados por plagas, así como plantas y hongos útiles, fortaleciendo los conocimientos comunitarios. El proceso les permitió descubrir que para conocer y defender su territorio es necesario caminarlo, escucharlo y compartir los conocimientos que surgen de esa experiencia colectiva.

Recuperar la memoria de nuestro territorio es recuperar también la fuerza de las mujeres para cuidarlo y transformarlo.

El colectivo Mujeres Agrarias Afro de la Llanada, integrado por mujeres del ejido Llano Grande, Oaxaca, compartió lo que investiga sobre cómo los cambios en el clima están transformando su territorio y sus formas de vida. A través de entrevistas, foto-voz, mapeos y recuperación de saberes agrarios, han identificado el aumento de la deforestación y la temperatura, la disminución de las lluvias y la pérdida de aguajes, plantas y conocimientos ancestrales. El proceso les ha permitido reconocer que recuperar la memoria del territorio y fortalecer la organización de las mujeres son pasos fundamentales para construir estrategias comunitarias frente al cambio climático.

Transformar los desechos en recursos también es una forma de transformar la relación de la comunidad con su río.

La Red Sostenible de Chiapas exploró cómo recuperar el aceite usado de cocina mediante ecotecnologías para contribuir al cuidado del Río Tulijá. A través de talleres comunitarios, han aprendido a transformar este desecho en nuevos productos, demostrando que una práctica cotidiana puede convertirse en una oportunidad para cuidar el territorio, compartir conocimientos y generar alternativas desde la comunidad.

Mirar el territorio como un todo: agua, bosque, milpa, memoria y vida comunitaria.

El Concejo Autónomo Indígena Otomí San Juan Yautepec transformó una investigación pensada inicialmente para elaborar un mapa ecológico-cultural en una propuesta de Ordenamiento Territorial Comunitario. Los recorridos y la recuperación de saberes permiten reconocer la estrecha relación entre el bosque, el agua, la agricultura, la biodiversidad y la memoria de la comunidad.

El conocimiento tradicional de las abejas encontró en el monitoreo climático una nueva herramienta para anticiparse al cambio.

Las mujeres meliponicultoras de San Antonio Tuk, representantes de los colectivos Abejas y Miles Tuk y Mujeres Meliponicultoras, compartieron cómo combinaron el conocimiento tradicional de la apicultura con tecnologías de monitoreo climático para enfrentar los efectos del cambio climático. El seguimiento de las condiciones meteorológicas y de las colmenas permitió identificar el calor extremo como un riesgo para las abejas y poner a prueba medidas de adaptación. El proyecto evidencia que la tecnología puede convertirse en una aliada de los saberes tradicionales para anticipar los cambios del clima y proteger la producción apícola.

Los cielos oscuros siguen siendo un elemento muy importante porque a través de él podemos rememorar los momentos que nuestros ancestros vivieron, y así adentrarnos al misterio sideral.

El colectivo Astroturismo Miatsil Maya compartió su experiencia recuperando los saberes mayas relacionados con el cielo y vinculándolos con herramientas de ciencia ciudadana. A través de entrevistas, observaciones astronómicas y mediciones de contaminación lumínica en cinco comunidades, encontraron que mirar el cielo puede ser también una forma de recuperar la memoria, fortalecer la identidad cultural y promover el cuidado del territorio. El proceso demuestra que los saberes tradicionales y la ciencia pueden encontrarse para proteger los cielos nocturnos y mantener viva la conexión entre generaciones.

La recuperación comienza por escuchar a quienes conocen el territorio y reconocer que reconstruir no significa volver a construir la misma vulnerabilidad.

El Centro Comunitario Productivo de Ocomantla (CCPO) compartió la experiencia de construir un Diagnóstico de Afectaciones y Necesidades después de las lluvias de octubre de 2025 en Zihuateutla, Puebla. El proceso permitió identificar que el desastre no solo dañó viviendas e infraestructura, sino también la producción, los alimentos, los ingresos, la salud y la organización comunitaria. A partir de escuchar a las personas afectadas y reconocer sus conocimientos sobre el territorio, el colectivo impulsa distintas acciones de recuperación y prevención, con una idea central: reconstruir no debe significar volver a construir la vulnerabilidad.

Cuando las juventudes caminan el territorio, los saberes de la comunidad se convierten en semillas para cuidar el agua y el futuro de Xocoyolo.

El Equipo de Protección Ambiental Xocoyolo compartió su experiencia de investigación comunitaria sobre la situación del agua en Xocoyolo. A través de entrevistas, encuestas, sistematización y cartografía participativa, recuperaron la memoria de personas mayores y encontraron que el agua sigue siendo un eje de la vida comunitaria, estrechamente ligado al bosque, la organización y los saberes locales. El proceso muestra que investigar también es escuchar y reconocer que la comunidad produce conocimiento para cuidar su territorio.

Ser guardianes del territorio es unir los saberes ancestrales con nuevas herramientas para que las juventudes afromexicanas y Ñuu Savi puedan conocer, defender y cuidar su territorio.

La Afrouniversidad Politécnica Intercultural y el CCIAM compartieron el proceso de Guardianes Ambientales, una investigación participativa para conservar 500 hectáreas comunitarias en Yutanicani, Oaxaca. A través de recorridos, monitoreo de biodiversidad, mapeo y acciones de restauración, el proyecto articula saberes ancestrales y herramientas científicas, mientras jóvenes afromexicanos y Ñuu Savi se formaron en monitoreo ecológico, GPS y educación ambiental. El proceso mostró que cuidar el territorio también significa fortalecer la identidad, la organización comunitaria y los conocimientos que se transmiten entre generaciones.

Cada planta guarda un color; cada color, una memoria. La Red Sierra Madre vuelve a descubrirlos para que el territorio siga hablando a través de sus textiles.

De la Sierra Madre Otomí Tepehua, Hidalgo, las mujeres de la Red Sierra Madre compartieron su camino para recuperar un saber que poco a poco se había ido apagando: el uso de las plantas del territorio para teñir fibras y textiles de manera natural. A través de talleres, exploración y experimentación colectiva, volvieron a mirar las plantas de la Sierra con otros ojos, descubriendo los colores que guardan sus hojas, flores, raíces y frutos. Este proceso de investigación ha permitido probar más de 50 plantas, recuperar técnicas de teñido y seleccionar especies para una primera serie de obras textiles. Más que recuperar una técnica, la Red está recuperando una relación con el territorio: una manera de aprender de la naturaleza, fortalecer los saberes de las mujeres y abrir nuevas posibilidades para que el bordado y la creación textil sigan contando las historias de la Sierra.

Cada experiencia permitió asomarse a una forma distinta de responder a las necesidades de una comunidad desde sus propios conocimientos, capacidades y formas de organización. Y, al mismo tiempo, permitió reconocer algo fundamental: que la investigación aplicada cobra sentido cuando no llega a las comunidades para decirles qué hacer, sino cuando se construye con ellas y responde a preguntas que nacen de la vida cotidiana. Por eso, una de las riquezas del encuentro estuvo precisamente en el intercambio: en escuchar cómo otros colectivos enfrentan sus desafíos, qué han intentado, qué les ha funcionado, qué no y qué han aprendido en el camino.

Los saberes comunitarios están vivos

Uno de los momentos centrales del encuentro fue el círculo de reflexión sobre los saberes comunitarios, facilitado por Alma Soto. La conversación comenzó con algo aparentemente sencillo: elegir un árbol significativo. Ahí aparecieron parota, pino, encino, sabino, mezquite, cedro, nogal, mango, ciprés. Cada árbol abrió una puerta hacia la memoria: aparecieron la infancia, las familias, los caminos, los alimentos, las historias y los territorios.

Y entonces se hizo evidente que hablar de saberes comunitarios no es hablar únicamente de técnicas, prácticas o conocimientos heredados. Como lo dijo Alma Soto “El conocimiento, entonces, dejó de ser algo que se presenta para convertirse en algo que circula. Los saberes comunitarios no están en el pasado; es hablar de relaciones entre las personas y el territorio; entre las generaciones; entre quienes estuvieron antes y quienes están llegando; entre la comunidad y los otros seres vivos… porque los saberes no son piezas de museo, se transforman cuando una comunidad enfrenta nuevas condiciones climáticas, cuando cambia la relación con el agua, cuando aparecen nuevas amenazas o cuando las juventudes encuentran otras maneras de apropiarse de la memoria de sus pueblos. Las comunidades no solamente conservan conocimientos del pasado. También producen conocimiento nuevo, constantemente, a partir de la experiencia, la práctica, la observación y la reflexión colectiva.”

Los saberes comunitarios fueron reconocidos como conocimientos, prácticas, valores y formas de organización construidos colectivamente y transmitidos de generación en generación, pero también como conocimientos vivos: capaces de transformarse, adaptarse y resignificarse frente a las  condiciones cambiantes de cada territorio.

Una de las frases que quedó resonando sobre los saberes comunitarios fue:  “Resisten, se adaptan y se resignifican”.

La memoria del encuentro nos deja ver que los saberes comunitarios se aprenden de todos y se comparten en el tejido cotidiano de la vida común; es decir, se aprende sembrando, caminando el monte, cocinando, participando en una fiesta, haciendo una faena, escuchando a las personas mayores, pero también se aprende de las niñeces y las juventudes.

Y esta reflexión abrió preguntas que incomodan las fronteras tradicionales entre el conocimiento científico y el conocimiento comunitario, y que además nos acompañan en el regreso a nuestros territorios: ¿Cómo teorizan los pueblos? ¿Cómo comparten sus saberes? ¿De qué manera entienden la naturaleza? ¿Cómo nos soñamos? ¿Cómo entendemos la vida?

Mirar el riesgo desde el territorio

El encuentro también permitió detenerse frente a una realidad que atraviesa cada vez más a las comunidades: los riesgos ambientales, sociales y territoriales. Se desarrolló un taller de Gestión Comunitaria del Riesgo, donde se partió de la idea clave: gestionar el riesgo es, en buena medida, gestionar las posibles pérdidas de aquello que sostiene la vida. Se recapituló sobre la ecuación para calcular el riesgo, ayudando a mirar el riesgo no como un destino inevitable, sino como una relación entre amenazas, vulnerabilidades y capacidades.

El taller fue facilitado por Luis Alejandro Rivera Florez, del CentroGeo, quien recalcó que cuando se trabaja en la gestión comunitaria del riesgo “no se trata de vivir con miedo, sino de ser más conscientes de nuestro territorio y nuestra vulnerabilidad”; gestionar el riesgo, desde esta mirada, no significa únicamente prepararse para responder cuando ocurre una emergencia, significa conocer el territorio, reconocer sus amenazas, identificar vulnerabilidades, fortalecer capacidades y construir estrategias de cuidado antes de que el desastre ocurra.

En este mismo sentido, la agenda incluyó un capítulo de Mapeo Comunitario de Riesgos, un espacio  donde las personas pudieron experimentar que en un mapa no solo se dibuja, sino que se organiza. El mapa comunitario no fue entendido como un ejercicio técnico para producir una representación perfecta, sino que fue una herramienta para hacer visible lo que las comunidades ya saben: dónde están los riesgos, cuáles son los lugares significativos, qué recursos existen, qué capacidades están disponibles, qué ha cambiado y qué situaciones requieren atención. Durante este taller, las personas participantes construyeron colectivamente una lectura de los territorios, de tal modo que mapear se volvió una conversación, un compartir de memorias, un espacio para encontrar coincidencias donde antes había experiencias individuales y, sobre todo, convertir el conocimiento cotidiano en una herramienta para organizarse y tomar decisiones; porque cuando un territorio se mira colectivamente, también pueden aparecer nuevas posibilidades para cuidarlo.

De la cosecha de agua a la cosecha de aprendizajes

El intercambio no se quedó dentro del CESDER; otra de las experiencias más significativas fue la visita a la comunidad de Micuahutla, en la Sierra Nororiental de Puebla, una comunidad con dificultades históricas para contar con un suministro continuo de agua potable. La respuesta construida desde el territorio y con apoyo del CESDER ha incluido sistemas de captación de lluvia, cisternas de ferrocemento, riego por goteo, diversificación de cultivos y otras estrategias de manejo integral del territorio.

Ahí, frente a las viviendas y sus sistemas de cosecha de agua, fue posible observar algo que inspira buena parte del trabajo que impulsa el CITSAC: la tecnología adquiere verdadero sentido cuando responde a necesidades reales y puede apropiarse, adaptarse y transformarse desde las comunidades. No se trata solamente de tener una tecnología, sino de preguntarse para qué, para quién, cómo y bajo qué condiciones se incorpora al contexto comunitario.

La transición energética puede construirse desde el territorio

Otro de los momentos del encuentro estuvo dedicado a reflexionar sobre las energías renovables y el reciclaje energético en procesos productivos regenerativos. La conversación permitió ir más allá de la idea de sustituir combustibles fósiles por energías renovables; se habló de repensar los procesos productivos completos: aprovechar los residuos, recuperar la energía contenida en ellos, cerrar ciclos y encontrar nuevas formas de generar beneficios ambientales y productivos.

La transición energética, vista desde esta perspectiva, no es solamente tecnológica, sino también comunitaria: implica cooperación, innovación, autonomía y capacidad para imaginar otras formas de producir y consumir. Iván Hernández y Peter Blom de Rhizomatica presentaron de forma muy clara el proceso de transformación del aceite de cocina usado a biodiésel y cómo los residuos orgánicos de un aserradero comunitario pueden transformarse en biochar para contribuir a la recuperación de suelos.

Esta forma de entender las tecnologías conecta profundamente con otra de las búsquedas del CITSAC: acompañar procesos donde las tecnologías y los conocimientos no sean fines en sí mismos, sino herramientas para fortalecer la vida comunitaria.

Más que una red, una comunidad que aprende

Durante las jornadas apareció varias veces una manera de nombrar lo que se ha ido construyendo alrededor del CITSAC: una comunidad de aprendizaje y una red donde es posible reconocerse en las luchas de otros territorios. “Motivarnos, no estamos solos”, fue una de las frases que mejor lo expresó. Y tal vez ahí está una de las razones más profundas para encontrarnos, porque trabajar en los territorios puede ser difícil. Las problemáticas son complejas, los recursos suelen ser limitados y muchas veces las comunidades enfrentan procesos de despojo, deterioro ambiental, desigualdad o abandono institucional, pero encontrarse con quienes están construyendo respuestas desde otros lugares cambia la perspectiva: permite recordar que no se está solo. El saber que hay otras personas haciendo preguntas parecidas, que también podemos compartir lo que hemos aprendido y que existen otras experiencias que pueden inspirar a construir nuevas formas de cuidar la vida. Siempre reconociendo que el intercambiar experiencias no significa llevarse recetas, sino llevarse preguntas.

El CITSAC busca justamente abrir espacios donde la investigación aplicada pueda ser una práctica de encuentro: entre conocimientos, entre generaciones, entre territorios y entre distintas formas de comprender y transformar la realidad. Por eso, el encuentro no terminó en Zautla, sino que continúa en las comunidades que regresaron con nuevas ideas, en las alianzas que comenzaron a dibujarse, en los mapas que seguirán siendo utilizados, en las investigaciones que tomarán nuevos rumbos y en las conversaciones que seguramente seguirán ocurriendo a la distancia.

Quizá eso sea lo más valioso de encontrarnos: volver a nuestros territorios siendo un poco distintos porque ahora sabemos que nuestros propios caminos también pueden iluminar los de otros.

Y, al mismo tiempo, regresar con la certeza de que los saberes comunitarios, la investigación, la tecnología, la organización y la defensa de los territorios pueden encontrarse para construir algo que ninguna de estas dimensiones podría alcanzar por separado: formas colectivas de sostener la vida.


  1. Brenda Bojórquez es la Coordinadora Operativa del Centro de Investigación en Tecnologías y Saberes Comunitarios (CITSAC). ↩︎

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